El eclipse total de Sol del 12 de agosto visto desde un globo a 3000 metros sobre el suelo
En esta crónica, José Miguel Viñas relata cómo fue la observación del eclipse total de sol del pasado 12 de agosto de 2026 en una travesía en globo a 3.000 m de altura sobre tierras palentinas.

La experiencia de ver un eclipse total de sol con un cielo libre de nubes es impactante; de las que no se olvidan. Es difícil expresar con palabras el conjunto de sensaciones que causa en nosotros la observación desde la Tierra esa carambola cósmica.
Hay una parte sensorial (principalmente visual) y otra más profunda, que nos llega muy adentro y que nos conecta con el cosmos, del que formamos parte. Siempre supera las expectativas de las personas que lo observan por primera vez y que hasta ese momento solo habían visto el sol negro en fotografías o videos.
Ha pasado casi un mes desde que el pasado 12 de agosto de 2026 varios millones de personas en España tuvimos la oportunidad de presenciar un eclipse total de sol. En mi caso (permitidme que parte de este artículo lo escriba en primera persona) había visto ya un par de ellos con anterioridad.
El primero en Finlandia, el 22 de julio de 1990, pero en aquella ocasión las nubes impidieron ver la totalidad. El segundo en Hungría, el 11 de agosto de 1999, y aquel sí que pude verlo en plenitud, viviendo intensamente la experiencia. Este año tocaba repetir, pero tuve la oportunidad de hacerlo de una forma muy especial, como ahora relataré.
Rememorando la histórica ascensión en globo de 1905
El 12 de agosto de 2026 era una fecha esperada desde hacía años, ya que los eclipses se pueden predecir con total precisión, tanto en el futuro como hacia atrás en el tiempo, pues están regidos por las leyes matemáticas de la mecánica celeste.
En 2025, el periodista científico Antonio Martínez Ron, jefe de ciencia de eldiario.es y uno de los fundadores de la plataforma de divulgación científica Naukas, me mostró su interés por intentar observar y fotografiar el eclipse desde un globo, en las alturas. Su periódico le dio el visto bueno para poner en marcha el proyecto, con el objetivo de poder publicar un reportaje.

Cuando Antonio me lo contó, me impliqué en este asunto desde el primer momento y se lo comenté a su vez a Óscar Ayala, experimentado y conocido piloto de globos, propietario de la empresa “Globos Arcoíris”, en la Rioja Alta, cerca de Haro. A Óscar le encantó la idea y se unió también a esta aventura.
Otra de las personas que integraron el equipo fue Fernando Ortuño, divulgador científico y experto en exploración aeronáutica. También estaba previsto que viajara en globo Selena Herrera, bisnieta del aviador, ingeniero militar y científico Emilio Herrera Linares (1879-1967), cuya ascensión en globo en Burgos durante el eclipse total del 30 de agosto de 1905 se quiso rememorar.
El estado avanzado de gestación de Selena hizo que se desaconsejara su participación en la ascensión, ya que ‒como contaremos a continuación‒ se desarrolló a una altitud bastante mayor que la que suelen alcanzar los vuelos turísticos en globo.
Martínez Ron concibió la observación del eclipse de sol del 12 de agosto de 2026 desde las alturas como un homenaje a Emilio Herrera y al resto de aeronautas que ascendieron en tres globos (llamados Júpiter, Marte y Urano) desde Burgos hace 121 años. Uno de ellos fue Augusto Arcimis (1844-1910), el primer meteorólogo oficial que hubo en España y primer director del antiguo Instituto Central Meteorológico (actual AEMET).
Preparativos, objetivos y algún contratiempo
A principios de 2026 empezaron los preparativos. Lo primero que se hizo fue seleccionar el lugar desde el que se haría ascensión. Recayó en mi el encargo y tras valorar varios emplazamientos (todos ellos, lógicamente, dentro de la banda de totalidad), sugerí hacerlo desde alguna parcela próxima a la localidad palentina de Cisneros, en la comarca de Tierra de Campos.
Busqué un lugar no muy alejado de la línea central de la banda de totalidad, en mitad de la meseta castellana, a 800 metros sobre el nivel del mar, con un horizonte libre de obstáculos (sin montañas cerca), alejado de grandes poblaciones, carreteras nacionales y autovías.
Tras contar con la aprobación de los compañeros, Óscar contactó con AENA para informarles del vuelo en globo que queríamos hacer el día del eclipse, recibiendo la autorización pertinente. La semana antes del eclipse se informó a Rosa María Aldea, alcaldesa de Cisneros, de nuestra intención de llevar a cabo la ascensión desde el municipio. Se decidió hacerlo desde una era situada junto a la ermita del Santo Cristo del Amparo, a 3 km del centro del pueblo, donde se fijó el lugar de observación del eclipse para que se acercaran los vecinos de la localidad.

A medida que se fue acercando la fecha del eclipse, creció la expectación de la gente por el fenómeno astronómico y el interés por saber con antelación cuál sería la cobertura nubosa en la banda de totalidad. El tiempo anticiclónico y caluroso que se empezaba a atisbar para ese día invitaba al optimismo. Las dudas surgían en el Cantábrico, con las previsibles nubes bajas, y en las montañas del norte y este de la Península, donde todo apuntaba a que crecerían nubes de evolución diurna con alguna posible tormenta. La zona del Sistema Ibérico era donde esa posibilidad parecía más probable. En el páramo castellano, las sucesivas salidas del modelo mantenían los cielos despejados, tal y como ocurrió finalmente.
Llegó el 12 de agosto y a media tarde comenzaron los preparativos, con todo el equipo, junto a familiares y amigos, ya reunido en la ermita de Cisneros, donde también fueron congregándose personas del pueblo, incluida la alcaldesa, y algún foráneo. Nuestra intención no era solo ascender en los globos, sacar unas fotos y grabar un video de la totalidad, sino llevar a cabo una ascensión hasta unos 3.000 metros sobre el terreno, lo que supondría casi alcanzar los 4.000 m de altitud.
Desde una cota tan alta podríamos contemplar con un mayor alcance visual la llegada de la sombra. También intentamos, sin éxito, fotografiar las escurridizas bandas de sombra (sombras volantes o serpientes solares), que sí que logró ver y documentar Emilio Herrera en el eclipse de 1905, unos instantes antes y después de la totalidad.

La idea inicial era que volaran tres globos; uno de ellos iba a ser el de La Rioja o el Haro capital del Rioja (ambos de “Globos Arcoíris”), pilotado por el once veces campeón de España, Iván Ayala, pero las condiciones atmosféricas reinantes (se alcanzó una máxima de 35 ºC en Cisneros aquel día, habiendo 33 ºC a las 19:30 h, cuando comenzó el eclipse) eran incompatibles con el coeficiente de carga, dadas las características de esos globos, por lo que al final se procedió al inflado con aire caliente de solo dos.
Uno de ellos fue el Flor de Muga, pilotado por Óscar Ayala, en el que también viajó la fotógrafa Lourdes Jiménez, encargada de preparar el material fotográfico para el reportaje. El otro globo fue el Muga, al mando de Valentín Carbajo, piloto de “Globos Arcoíris”, que fue en el que viajamos Antonio, Fernando y yo, siendo de los dos aerostatos el que alcanzó una mayor altitud.
Temperatura bajo cero y la llegada de la sombra
A las 19:50 horas los dos globos iniciaron su ascensión, ligeramente escalonados, saliendo en primer lugar el Flor de Muga. La primera parte de la ascensión fue lenta, con los globos empujados por un viento flojo del suroeste. Algo más arriba empezó a soplar del sur, también flojo y así se mantuvo durante el resto de la travesía. Los globos se separaron en la horizontal más distancia de la prevista, lo que dificultó a Lourdes, tomar la foto deseada: el sol eclipsado junto a uno de los globos en un plano cercano.
El momento de la totalidad se iba acercando y había que acelerar el ascenso. Haciendo uso repetidamente de los quemadores, Valentín impuso un fuerte ritmo de subida al globo hasta estabilizarlo en torno a 3.000 m sobre el suelo.
El ambiente se fue volviendo frío por momentos y todos en la barquilla empezamos a echar mano de la ropa de abrigo que subimos con nosotros. La cercanía de la totalidad se empezaba a mascar en el ambiente; una luz cada vez más apagada y extraña nos envolvía y la excitación iba en aumento. La turbidez del aire era alta, aunque habíamos alcanzado la cota en que empezaba a verse el cielo azul, libre de polvo en suspensión.
Llegó el momento mágico; el primer anillo de diamante brilló con intensidad en la parte izquierda del disco solar, segundos antes de taparse por completo y quedar todos atónitos ante semejante espectáculo visual.

La cuenta atrás del minuto y cuarenta segundos que duró la totalidad desde nuestra posición acababa de comenzar. Eran las 20:28 h. Maravillados por lo que estábamos presenciando, escrutábamos con nuestros ojos desnudos (ya sin las gafas protectoras) y las cámaras de los móviles el regalo que nos brindaba en ese momento la bóveda celeste.
Vimos con nitidez cómo la sombra del eclipse avanzaba por la superficie terrestre. Se oscureció todo a nuestro alrededor salvo la franja del horizonte, donde se apreciaba la luminosidad en los 360º de circunferencia. En los pequeños pueblos palentinos que teníamos debajo en el páramo, se encendió el alumbrado público.
El disco negro, con algunas perlas de Baily y una gran protuberancia solar en el lado izquierdo, aparecía rodeado por la corona, de color dorado, todo ello impregnado de una coloración violácea de belleza indescriptible. En esa extraña noche surgió brillante en el cielo el planeta Venus a la izquierda del sol eclipsado, llegando también a verse algunas estrellas. En ese momento de intensa emoción, Valentín, el piloto, clamó de forma espontánea: “¡dan ganas de llorar!”.
Perdimos la noción del tiempo. Absortos como estábamos, no fuimos conscientes del frío que reinaba en esos momentos ahí arriba. El globo había alcanzado los 12.700 pies de altitud (3.871 metros sobre el nivel del mar y casi 3.100 sobre el suelo) y el termómetro situado en la barquilla marcaba -3 ºC. Teniendo en cuenta que el sondeo previsto que consulté marcaba +4 ºC a 3.850 m de altitud, es probable que la totalidad provocara un descenso de al menos 7 ºC; significativamente mayor que el experimentado junto al suelo, que fue apenas de 2-3 ºC.

Inevitablemente, llegó el momento que nunca quieres que llegue. El reloj marcaba las 20:30 h. La fase de totalidad llegaba a su fin. Un fogonazo de luz emergió por el lado derecho del disco solar. El segundo anillo de diamante nos anunciaba la vuelta a la parcialidad. Era necesario colocarse de nuevo las gafas protectoras para mirar al sol. En ese momento, de forma espontánea, nos dimos abrazos, exultantes de alegría, y cada uno de nosotros empezó a procesar internamente lo que acabábamos de presenciar.
Con el otro globo en la lejanía, iniciamos el descenso, rápido al principio y más suave en su fase posterior, según nos fuimos acercando al suelo, cerca de la localidad palentina de Población de Arroyo mientras el eclipse seguía su curso, con la luna dejando entrever cada vez una fracción mayor del disco solar. El sol se encontraba ya muy bajo, próximo al horizonte. El ocaso solar local tuvo lugar antes de que el eclipse finalizara.
Con el material gráfico (fotos y video) que tanto Lourdes Jiménez como Antonio Martínez Ron grabaron desde los globos, se hizo una rápida selección con la que se montó la pieza de video que acompañó al reportaje de eldiario.es que salió publicado el día siguiente, escrito por Antonio, en el que, al igual que en estas líneas, se relataba la experiencia.
No hará falta esperar mucho para vivir algo parecido. El 2 de agosto de 2027 un nuevo eclipse total de sol podrá verse desde España. En este caso, tendrá una mayor duración, con la banda de totalidad cruzando una pequeña fracción del extremo sur peninsular, Ceuta y Melilla. Y el 26 de enero de 2028 se completará la tríada con uno anular, visible desde gran parte del sur y este peninsular.