¿Qué pasa si envías 3.300 abejas al espacio? El histórico experimento de la NASA que desafió a la gravedad
En 1984, una colonia de abejas viajó a bordo del transbordador Challenger para comprobar qué ocurría con su comportamiento y la construcción de panales en condiciones de ingravidez.

Los transbordadores espaciales de la NASA estaban acostumbrados a transportar satélites, telescopios y sofisticados instrumentos científicos. Pero en abril de 1984, uno de sus cargamentos fue bastante más pequeño y, sobre todo, mucho más ruidoso: una colonia de abejas.
El 6 de abril de aquel año, el transbordador espacial Challenger despegó desde el Centro Espacial Kennedy en el marco de la misión STS-41-C. Entre sus objetivos principales estaban poner en órbita el Long Duration Exposure Facility, una plataforma destinada a estudiar los efectos de la exposición prolongada al ambiente espacial, y recuperar y reparar el satélite Solar Maximum.
En medio de esas operaciones de gran importancia para la NASA viajaba un experimento impulsado por estudiantes. El objetivo era sencillo de plantear, aunque bastante más complejo de responder: ¿podían las abejas construir un panal normalmente si desaparecía la gravedad?
¿Qué cambia para una abeja cuando desaparece la gravedad?
En la Tierra, las abejas utilizan la gravedad como una referencia para orientarse. Esa señal interviene en diferentes aspectos de su comportamiento, desde sus desplazamientos hasta la construcción del panal y la comunicación dentro de la colonia.
El llamado "baile de la abeja" es un ejemplo particularmente interesante. Cuando una abeja recolectora encuentra alimento, puede regresar a la colmena y realizar movimientos que transmiten a sus compañeras información sobre la dirección y distancia de la fuente. La orientación de esos movimientos utiliza la gravedad como referencia y permite relacionar la ubicación del alimento con la posición del Sol.
En el espacio, esa referencia desaparece. Por eso, los científicos querían observar qué ocurría cuando las abejas quedaban expuestas a un ambiente de microgravedad. La respuesta comenzó a llegar poco después de que el Challenger alcanzara la órbita.
Desorientación inicial, pero rápida adaptación
Aunque la NASA no especificó en su informe oficial el número exacto de ejemplares que viajaron en la misión, otros registros sitúan la colonia en alrededor de 3.300 abejas.
Los primeros momentos no fueron sencillos. En ausencia de gravedad, los insectos perdieron algunas de las señales que normalmente utilizan para desplazarse y mantener una trayectoria. Sin embargo, la adaptación fue relativamente rápida.

El informe de la misión señala que, después de ese período inicial, las abejas lograron caminar, volar e incluso flotar dentro de su compartimento sin mayores dificultades.
Y lo más importante estaba todavía por observarse.
El panal siguió creciendo en el espacio
A pesar de las condiciones completamente diferentes a las de la Tierra, la colonia continuó trabajando durante el viaje. Al finalizar la misión había construido aproximadamente unos 200 centímetros cuadrados de panal.
El análisis inicial fue especialmente llamativo: las celdas presentaban una estructura normal y comparable con la que las abejas construyen en nuestro planeta. La colonia tampoco dejó de reproducirse. La reina puso 35 huevos durante el experimento, una señal de que procesos biológicos fundamentales continuaban desarrollándose en condiciones de microgravedad.
El resultado fue posteriormente analizado en un estudio científico publicado en la revista Apidologie. La investigación concluyó que las abejas fueron capaces de adaptar su comportamiento a la ingravidez y continuar construyendo celdas hexagonales reconocibles.
Incluso se observó que, una vez adaptadas, podían desplazarse por el recinto con una velocidad de vuelo superior a la habitual en la Tierra.
Una experiencia que anticipó los desafíos de los viajes a Marte
El experimento del Challenger tuvo lugar hace más de cuatro décadas, pero sus resultados vuelven a cobrar interés mientras las agencias espaciales estudian misiones cada vez más prolongadas.
Viajar a la Luna o a Marte no implica únicamente resolver cómo transportar seres humanos y mantenerlos con vida. También será necesario encontrar formas de producir alimentos y sostener sistemas biológicos durante períodos extensos. En ese contexto, los insectos y los polinizadores pueden desempeñar un papel relevante.
Una revisión científica publicada en 2025 en Frontiers in Physiology incluyó a las abejas entre las especies de insectos que merecen continuar siendo estudiadas por su posible utilidad y resistencia en futuros sistemas alimentarios espaciales.