Edad de Cuerda: los inventos de la Edad de Piedra hecho por las mujeres que la arqueología ignoró
Durante décadas, la prehistoria se ha explicado desde la piedra, el sílex o la caza. Ahora, una nueva mirada arqueológica reivindica otros grandes inventos invisibles: la cuerda, los tejidos y las fibras creadas por mujeres que sostuvieron la vida cotidiana.

Tradicionalmente, la Edad de Piedra, el periodo de la prehistoria que abarca desde que los seres humanos empezaron a elaborar herramientas de piedra (hace aproximadamente de 2.5 a 2.8 millones de años) hasta el descubrimiento de los metales (entre el 4000 a. C. y el 2000 a. C., dependiendo de la región), se ha contado en hachas, puntas de lanza, cuchillos de sílex y bifaces como grandes símbolos del progreso humano.
Sin embargo, cada vez más arqueólogas e investigadoras sostienen que esa narrativa está incompleta y que, quizás, no solo deberíamos hablar de Edad de Piedra, sino también de una auténtica “Edad de Cuerda”.
Una etapa en la que cestos, redes, tejidos, bolsas y prendas elaboradas con fibras vegetales o animales fueron tan revolucionarias como la talla lítica. El problema es que, mientras la piedra ha permanecido, esos materiales se descompusieron y desaparecieron con facilidad y rara vez dejaron huella en los registros arqueológicos. Y, con ellos, también se borró buena parte del trabajo femenino.
El trabajo femenino, esencial para la supervivencia
La arqueóloga y lingüista estadounidense Elizabeth Wayland Barber lleva décadas defendiendo esta idea. Sus tesis cuestionan una tradición arqueológica que durante mucho tiempo priorizó la caza y las armas —actividades históricamente asociadas a los hombres— mientras relegaba tareas como hilar, tejer o fabricar redes a un segundo plano casi doméstico. Sin embargo, esas labores exigían una enorme sofisticación técnica y fueron esenciales para la supervivencia.
Hace años leí "Women's Work: The First 20,000 Years Women, Cloth, and Society in Early Times" de Elisabeth W. Barber. Empezaba a trabajar en arqueología desde una perspectiva feminista y de género y me interesaba especialmente el tema del trabajo de las mujeres. pic.twitter.com/fuswlkolXI
— marga sanchez romero (@ArqueoInquieta) May 17, 2026
Y es que, sin cuerda no habría redes de pesca, trampas para animales, arcos funcionales, transporte eficiente de objetos ni refugios bien construidos. Sin tejidos, la ropa habría sido mucho más rudimentaria. Sin cestería, almacenar alimentos o trasladar recursos habría sido mucho más difícil.
Las evidencias no son solo teóricas. En el arte paleolítico aparecen figuras femeninas conocidas como “venus” que muestran detalles interpretados como prendas trenzadas o faldas de fibras. Una de las más citadas es la Venus de Lespugue, una estatuilla de hace más de 20.000 años cuya parte inferior parece representar una falda de cuerdas retorcidas. No sería un simple adorno, sino la prueba visual de una tradición textil compleja en pleno Paleolítico.
Evidencias de una costura rudimentaria en dientes femeninos
También existen señales indirectas en restos humanos. Algunas investigaciones han encontrado marcas de desgaste en dientes femeninos que sugieren el uso de la boca para tensar fibras durante el hilado o el trenzado.
Venus de Lespugue. Gravetiense. Cueva de Rideaux en el Alto Garona francés. https://t.co/hgi4hH9KTY pic.twitter.com/LojPDeH1H6
— Berta Cuadrado (@JimenaAlmenara) March 13, 2021
La arqueología moderna también ha encontrado representaciones del uso intensivo de cuerdas en el arte rupestre levantino de la península ibérica. Escenas de recolección de miel muestran a personas suspendidas en acantilados mediante sistemas de cuerda elaborados, prueba de una tecnología avanzada y perfectamente dominada. Estas prácticas no podían existir sin una tradición previa de fabricación especializada.
De hecho, investigaciones sobre fibras retorcidas halladas en contextos paleolíticos muestran que fabricar cuerda requería planificación, conocimiento matemático básico y dominio técnico, no era una tarea menor ni improvisada.
Entonces, ¿por qué durante tanto tiempo se ignoró todo esto?
La respuesta está en parte en los propios orígenes de la arqueología. Muchos de los primeros investigadores del siglo XIX y comienzos del XX interpretaron el pasado desde una mirada profundamente masculina y jerárquica. Lo importante era lo visible, lo monumental, lo bélico: armas, caza, liderazgo, fuerza. Las actividades vinculadas al mantenimiento de la vida cotidiana quedaron etiquetadas como secundarias, pese a que probablemente eran más constantes, más complejas y más determinantes para la supervivencia del grupo.

Además, el sesgo material también influyó. La piedra sobrevive miles de años; una cuerda vegetal no. Eso hizo que la historia tecnológica pareciera escrita únicamente en roca, cuando en realidad gran parte de la innovación humana fue flexible, orgánica y perecedera.
Hoy, esa visión empieza a cambiar. La arqueología con perspectiva de género y nuevas líneas de investigación están revisando la división tradicional del trabajo en la prehistoria. No se trata de sustituir una historia por otra, sino de completarla.
Reconocer que, durante milenios, muchas mujeres inventaron tecnologías fundamentales que no entraron en los relatos oficiales. Que la innovación no solo estuvo en la lanza, sino también en la red; no solo en el cuchillo, sino en el telar; no solo en la caza, sino en la infraestructura silenciosa que permitía que la vida continuara.